José Hernández · 1872 / 1879
En Martín Fierro, el canto no es un ornamento lírico sino el instrumento de resistencia y denuncia con que el gaucho desnuda la injusticia del Estado argentino posunitario: la leva forzada, el despojo de tierras, la arbitrariedad de la justicia y el exterminio de una cultura popular. La guitarra y la voz de Fierro son, al mismo tiempo, arma, tribunal y testamento de una clase social condenada al margen.
La obra pertenece al género gauchesco, corriente literaria rioplatense que utilizó la figura del gaucho como vehículo de reflexión política y social. Hernández escribe en plena consolidación del Estado nacional argentino —bajo los gobiernos de Sarmiento y Avellaneda— cuando la modernización capitalista del campo avanzaba expulsando al gaucho de su modo de vida tradicional. La primera parte (1872) es un grito de denuncia; la segunda (1879) busca un tono más conciliador y didáctico.
Hernández se opone radicalmente a la visión civilizatoria de Sarmiento, quien en Facundo (1845) veía en el gaucho el símbolo de la barbarie. Para Hernández, el gaucho es portador de una sabiduría natural y de valores morales que el "progreso" urbano destruye injustamente.
La narración se presenta en primera persona: Fierro canta su propia historia al compás de la guitarra, con la fórmula de presentación del payador. El narrador es confiable dentro de su perspectiva: no oculta sus vicios ni sus actos violentos (la muerte del moreno en el baile, los enfrentamientos con la policía), lo que otorga verosimilitud y complejidad moral al relato. Sin embargo, su visión es parcial: el gaucho es siempre víctima de un sistema injusto y rara vez reflexiona críticamente sobre sus propios prejuicios.
"Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela, / que el hombre que lo desvela / una pena estrordinaria, / como la ave solitaria / con el cantar se consuela."
Gaucho criollo, trabajador honrado antes de ser arrastrado por la leva forzada. Su arco de transformación va del gaucho integrado y feliz en su estancia al matrero perseguido, al refugiado entre los indios, y finalmente al padre que regresa buscando redención. Fierro encarna la dignidad herida: nunca pierde su código de honor aunque las circunstancias lo empujen a la violencia y la fuga.
Sargento que deserta para defender a Fierro cuando lo persiguen. Es el alter ego del protagonista: ha sufrido la misma injusticia y llega a idéntica conclusión. Su presencia refuerza que la historia de Fierro no es un caso aislado sino la condición genérica del gaucho. Muere de viruela en las tolderías, dejando a Fierro solo ante su regreso.
En la segunda parte, los hijos de Fierro y el hijo de Cruz (Picardía) narran sus propias desdichas, multiplicando el retrato social: el orfanato, la explotación laboral, la cárcel injusta. El Moreno —hermano del gaucho muerto por Fierro en la primera parte— protagoniza una payada filosófica sobre la vida, la muerte y la verdad, episodio central de La vuelta que eleva la obra a reflexión metafísica.
La primera parte (1872, 13 cantos) sigue una progresión dramática clara: Fierro rememora su vida pasada de gaucho libre; la leva forzada lo arranca de su familia; deserta y regresa al rancho destruido; pelea en un baile y mata a un moreno; es perseguido por la policía. El clímax llega cuando Cruz se une a él y ambos deciden cruzar la frontera sur para refugiarse entre los indios. Fierro rompe la guitarra y cruza la frontera al amanecer.
La segunda parte (1879, 33 cantos) es más extensa y compleja: Fierro regresa del desierto tras la muerte de Cruz, rescata a una cautiva cristiana, reencuentra a sus hijos y a Picardía, protagoniza la payada filosófica con el Moreno y da su consejo final a los hijos. El desenlace es ambivalente: los personajes cambian sus nombres y se separan para empezar de nuevo.
La acción transcurre en la segunda mitad del siglo XIX en la pampa argentina y la frontera sur. El tiempo interno es circular y regresivo: el pasado de Fierro (la estancia, la familia, la libertad) es el paraíso perdido contra el que se mide el presente de opresión. La frontera —geográfica y simbólica— es el espacio que concentra los extremos: allí el Estado ejerce su violencia más brutal; allí también se produce una libertad marginal entre los indios.
La leva forzada, la corrupción de jueces y comandantes, el despojo de tierras son el eje político de la obra. El verdadero antagonista no es un individuo sino una estructura de dominación.
"Mi gloria es vivir tan libre / como el pájaro del Cielo" articula el ideal gaucho contra toda sujeción. El pájaro libre y el toro en su rodeo son imágenes recurrentes del orgullo y la autosuficiencia.
Instrumento de identidad, memoria y resistencia. Romperla al final de la Parte I simboliza la ruptura total con la sociedad; reaparecerla en la Parte II marca el regreso y la voluntad de seguir cantando.
Límite entre civilización e "incivilización", pero también espacio de escape. Cruzarla es el acto radical de rechazo al Estado. El cambio de nombre al final es el gesto ambiguo que puede leerse como prudencia o como pérdida de sí mismo.
Martín Fierro trasciende el retrato de un individuo para convertirse en el registro épico de un conflicto civilizatorio. Hernández construye una obra que opera simultáneamente como poema lírico, novela social, alegato jurídico y tratado filosófico en clave popular. La elección del metro octosílabo y la lengua gauchesca no son concesiones al pintoresquismo sino decisiones políticas: acercar el libro al gaucho y demostrar que esa oralidad encierra una sabiduría equivalente a la de cualquier tradición letrada.
Martín Fierro se presenta como un payador gaucho que tomará su guitarra para contar su historia. Antes de los sucesos que relatará, era un hombre trabajador, con esposa, hijos, rancho y animales. Un día el juez de paz convoca a todos los gauchos y los obliga a enlistarse en el ejército para servir en la frontera contra los indios. No hay opción posible.
Las condiciones en el fuerte son miserables: los soldados no reciben sueldos ni raciones, son tratados peor que esclavos y trabajan para los oficiales corruptos. Fierro finalmente deserta y regresa a su tierra. Al volver, encuentra que su rancho está abandonado: su mujer se fue con otro hombre, sus hijos se dispersaron, sus pertenencias desaparecieron. La familia destruida es la consecuencia directa de la leva.
Fierro empieza a vivir como matrero. En un baile del pueblo, bebido y resentido, provoca a un hombre negro y lo mata en duelo con cuchillo. Este hecho lo convierte en buscado. En uno de los enfrentamientos con la partida policial, el sargento Cruz —hastiado de servir a un sistema injusto— se cambia de bando y pelea junto a Fierro. Los dos comparten sus historias y descubren que han vivido la misma injusticia. Fierro rompe su guitarra contra el suelo y ambos cruzan la frontera al amanecer.
Fierro retoma la guitarra para contar lo que vivió entre los indios. Cruz murió de viruela en las tolderías, dejando a Fierro solo. Antes de partir, Fierro rescata a una cautiva cristiana que estaba siendo maltratada por el cacique.
De regreso en tierras civilizadas, Fierro busca a sus hijos y logra reunirse con ellos. El hijo mayor fue víctima de un sistema judicial corrupto: injustamente encarcelado. El hijo menor quedó como pupilo de Vizcacha —borracho, ladrón y perezoso— quien le transmitió una filosofía cínica: el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Aparece también Picardía, hijo de Cruz, igualmente marcado por la injusticia.
El episodio más célebre de La vuelta es la payada entre Fierro y un moreno (hermano del gaucho que Fierro mató en la primera parte). El duelo no tiene ganador claro: ambos elevan el debate a un nivel que trasciende el rencor personal. El Moreno prefiere enfrentar a Fierro en el terreno del verso antes que en el del cuchillo.
Fierro reúne a sus hijos y les da su consejo final: trabajar honradamente, no fiarse del gobierno, mantener unida la familia, no buscar pelea pero no dejarse pisotear. Los personajes deciden separarse y cambiar sus nombres para comenzar una vida nueva. Es un desenlace ambivalente: ni victoria ni derrota, sino supervivencia y adaptación.
Datos editoriales: José Hernández. El gaucho Martín Fierro, 1872; La vuelta de Martín Fierro, 1879.